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CARACTER, COSTUMBRES

En 1822 Heinrich Heine escribió sobre lo que era un auténtico berlinés, un tema digno de interminables discusiones: “Berlín no es una ciudad en absoluto; es simplemente una población en la que muchísimas personas, muchas de ellas de temperamento animado y vivaz, se han juntado para vivir. El lugar en sí carece de significación”. Otro cronista escribía en 1880 que “es muy difícil encontrar a un genuino berlinés, la ciudad está repleta de forasteros que hacen de ella un lugar con mucho colorido”. Y Goethe describía a los berlineses como “una raza con carácter, de pícaros”.

Los berlineses tienen fama por su rápido ingenio y se les teme por ello, ya que les encanta burlarse de cualquiera con su peculiar sarcasmo, conocido como Berliner Scnauze. Disfrutan quejandose de todo y de todos; muy en especial es víctima de sus puyasos la autoridad, que siempre ha tenido problemas para que los súbditos de Berlín le preste un mínimo de respeto. Hitler, cuyo acceso a la fama tuvo lugar en Baviera, gozaba de muy escasa popularidad en Berlín, sobre todo por su absoluta falta de humor. Le ponen sobrenombre a todo, en especial a iglesias y edificios oficiales de la ciudad, siendo inevitable que al resultado se le denomine bautizado con aguas del Spree. Después de caer las primeras bombas sobre Berlín satirizaron las incursiones aéreas con amarga ironía, dándoles nuevos sobrenombres (motes) a los barrios arrasados: Charlotenburg se convirtió en Klamotendorf (El pueblo del trapo), Liechterfelde en Trichterfelde (Campo de los cráteres) y Steglitz en Steht nichts (No queda nada).

Tienden a ser personas de ideas fijas y claras, y las conversaciones, francas y abiertas, pueden tocar diferentes asuntos, desde la política internacional a las curiosidades locales, están muy bien informados de la actualidad y de lo que pasa en el mundo. No son pretenciosos o crueles a la hora de hablar de la “guerra” y les molesta la mentalidad de “vencedor” o la sugerencia de que las ideas fascistas son alemanas, así que es mejor tener tacto al tocar este tema.

 Son tradicionalmente tolerantes con los forasteros, lo de menos es de dónde proceda cada cuál, la mitad de los habitantes son berlineses por elección o por educación, pero no de cuna. Cualquiera que decida vivir aquí y aprenda a amar la ciudad puede convertirse en un berlinés. Pero deberá llegar a un acuerdo con la mentalidad local, que se revela en su deslenguada manera de hablar y su humor inconfundible. Con los turistas y visitantes son bastantes amables y complacientes, lo informarán si lo ven algo perdido aunque no se les pida ayuda, aunque en público mantienen cierta distancia con los extraños, no es habitual que entablen conversaciones en el metro o en la cola del supermercado.

Visten de forma informal, sin mostrar ostentación, a menos que lo merezca la ocasión. No se sienten impresionados por un bolso de Gucci o un traje de Armani, antes prefieren un estilo personal e individual. No les quita el sueño obtener riqueza material o un buen status social, sino vivir bien, pasar tiempo con los amigos y disfrutar de la oferta cultural y natural de la ciudad. Un ciudadadno medio berlinés es politicamente liberal, protestante (aunque no practique), con estudios universitarios y un buen nivel de inglés. Usan bastante la bicileta, reciclan, beben, fuman y viajan bastante.

Es característico del berlinés su amor por la naturaleza, les encanta cuidar de sus flores en el balcón o tener al menos una maceta en la ventana. Les gusta ir de excursión a orillas del Havel, dar un paseo por el Grunewald o ir al campo.

El cariño por los animales, en especial los perros, es extremo, esto se nota por la gran cantidad que viven en la ciudad: 108.509, hay más perros en Berlín que en ninguna ciudad alemana. Esto se debe a que muchos ancianos viven a menudo solos con un perro por toda compañía, algo así como un “asistente social”. En las calles esto conlleva a un problema por las montañas de excrementos perrunos. Hace años atrás el senador de Medio Ambiente centró la atención sobre este problema con un cartel que decía: “La buena voluntad puede mover montañas”.

15 diciembre 2009 at 1:01 am Deja un comentario


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